La empatía es la capacidad de una persona de vivenciar la manera en que siente otra persona y de compartir sus sentimientos.
domingo, 7 de diciembre de 2008
sábado, 6 de diciembre de 2008
Labores Zen 2 .Limpiar la taza del váter.
Realiza 20 respiraciones tranquilas en el pasillo, inhalando por la nariz y exhalando el aire por la boca, sin esforzarte en que sean artificialmente pausadas, ni rápidas.
Túmbate cómodamente y siente tu propia respiración.
Levántate despacio y dirígete hacia la taza del váter .
Ábrela con júbilo y visualiza frente a ti un frondoso campo agradable.Ves el verde de la copa de los árboles, miras el cielo azul, quizá unas aves revoloteando, escuchas su canto y oyes el sonido del viento que estremece las hojas a su paso, sientes la brisa recorriendo suavemente tus mejillas y hueles ese olor característico del campo.
Bajo tus pies hay una taza , es el momento de mover tus brazos en esa dirección. Visualízate caminando tranquila por un sendero de arbustos con frutos de colores , hueles la fragancia del mar mientras tiras de la cadena una y otra vez encontrándote cada vez más serena. Estás profundamente relajada , disfrutando del momento cuando tus manos enguantadas frotan alegremente con la escobilla repitiendo el mantra: "estoy en paz conmigo misma y con todos los que ensuciaron la taza". Tiras de nuevo de la cadena y dejas que el agua siga su curso. Estrujas la bayeta para dar el último repaso. Inspiras profundamente y te levantas despacio, muy lentamente mientras estiras tu cuerpo si puedes. Al abrir los ojos recuperarás la plena vigilia y llevarás dentro de ti el estado de tranquilidad vivido en esta nueva experiencia.
Otra forma de disfrutar es comprar el inodoro inteligente que presenta Panasonic , basado en microburbujas con pequeñas cápsulas de detergente que asegura la autolimpieza durante 3 meses .
Túmbate cómodamente y siente tu propia respiración.
Levántate despacio y dirígete hacia la taza del váter .
Ábrela con júbilo y visualiza frente a ti un frondoso campo agradable.Ves el verde de la copa de los árboles, miras el cielo azul, quizá unas aves revoloteando, escuchas su canto y oyes el sonido del viento que estremece las hojas a su paso, sientes la brisa recorriendo suavemente tus mejillas y hueles ese olor característico del campo.
Bajo tus pies hay una taza , es el momento de mover tus brazos en esa dirección. Visualízate caminando tranquila por un sendero de arbustos con frutos de colores , hueles la fragancia del mar mientras tiras de la cadena una y otra vez encontrándote cada vez más serena. Estás profundamente relajada , disfrutando del momento cuando tus manos enguantadas frotan alegremente con la escobilla repitiendo el mantra: "estoy en paz conmigo misma y con todos los que ensuciaron la taza". Tiras de nuevo de la cadena y dejas que el agua siga su curso. Estrujas la bayeta para dar el último repaso. Inspiras profundamente y te levantas despacio, muy lentamente mientras estiras tu cuerpo si puedes. Al abrir los ojos recuperarás la plena vigilia y llevarás dentro de ti el estado de tranquilidad vivido en esta nueva experiencia.
Otra forma de disfrutar es comprar el inodoro inteligente que presenta Panasonic , basado en microburbujas con pequeñas cápsulas de detergente que asegura la autolimpieza durante 3 meses .
viernes, 5 de diciembre de 2008
Reflexión espiritual 42. Recordemos a las imbéciles.
Georgette Marie Philippart Travers la mujer de Cesar Vallejo que le despreció por su color y que en la lápida escribe ”Aquí descansas, Vallejo, por todo lo que hice yo por ti” “He nevado tanto, para que duermas”.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Cesar Vallejo
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Cesar Vallejo
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Reflexión espiritual 41.Literatura Infantil.
Cuando yo era pequeña no había literatura infantil, ni bibliotecas infantiles. Había tebeos. En mi casa se leía el periódico, donde las esquelas ocupaban la conversación principal y unos libros del “Círculo de Lectores” que quedaban bien en las estanterías.
La imagen de unos padres leyendo plácidamente en el salón, no tenía nada que ver con el trasiego del negocio familiar. En realidad las librerías existían para comprar los libros del colegio y era un gasto que se resolvía a principio de curso. La Literatura Infantil consistía en ir al quiosco y comprar “El Capitán Trueno” , “El Pulgarcito”, y la vida de alguna mártir decapitada o serruchada por piernas o brazos. Hoy leí que a Almudena Grandes le cambió la vida cuando su abuelo le regaló “La Ilíada”.
No me lo puedo imaginar.
La imagen de unos padres leyendo plácidamente en el salón, no tenía nada que ver con el trasiego del negocio familiar. En realidad las librerías existían para comprar los libros del colegio y era un gasto que se resolvía a principio de curso. La Literatura Infantil consistía en ir al quiosco y comprar “El Capitán Trueno” , “El Pulgarcito”, y la vida de alguna mártir decapitada o serruchada por piernas o brazos. Hoy leí que a Almudena Grandes le cambió la vida cuando su abuelo le regaló “La Ilíada”.
No me lo puedo imaginar.
Reflexión espiritual 40.Entrando al Instituto.
Dos alumnos de trece años entran al Instituto.
-¿Pone preguntas difíciles?
-Las pone raras.
-¿Cómo es una pregunta rara?
-De esas que hay que razonar y eso.
- Entonces suspendo ¡Qué asco!
-¿Viste ayer “Fama”?
-¿Pone preguntas difíciles?
-Las pone raras.
-¿Cómo es una pregunta rara?
-De esas que hay que razonar y eso.
- Entonces suspendo ¡Qué asco!
-¿Viste ayer “Fama”?
domingo, 30 de noviembre de 2008
Reflexión espiritual 39. Los misterios.
Los dos misterios más próximos son el de la Santísima Trinidad y el de los calcetines que desaparecen en la lavadora. El primero es uno de los "misterios escondidos en Dios”según el Concilio Vaticano II. El de los calcetines que desaparecen en la lavadora es “misterio escondido en mi casa” que el entendimiento por sí solo no puede comprender ni penetrar , un misterio que se repite año tras año, mes a mes.
sábado, 29 de noviembre de 2008
"Génesis y Catástrofe" de Roald Dahl
-Todo va bien -decía el médico-. Ahora, recuéstese y relájese.Su voz sonaba a kilómetros de distancia y parecía que le estaba gritando.-Tiene usted un hijo.
-¿Cómo?
-Que tiene usted un hermoso hijo. Lo comprende, ¿verdad? Un hermoso niño. ¿Le ha oído llorar?
-¿Está bien, doctor?
-Claro que sí.
-Déjeme verlo, por favor.
-Lo verá usted en seguida.
-¿Está seguro de que se encuentra bien?
-Completamente seguro.
-¿Sigue llorando?
-Intente descansar. No debe preocuparse por nada.
-¿Por qué ha dejado de llorar, doctor? ¿Qué ha pasado?
-No se excite, por favor. Todo va bien.
-Quiero verle. Déjeme verle, se lo ruego.
-Querida señora -dijo el médico, dándole un golpecito en la mano-. Tiene usted un hermoso niño, fuerte y sano. ¿Es que no me cree?
-¿Qué está haciendo aquella mujer?
-Está poniendo guapo a su niño para que usted lo vea -dijo el doctor-. Sólo lo están lavando un poco. Tiene que darnos unos minutos.
-¿Me jura usted que está bien?
-Se lo juro. Ahora, recuéstese y relájese. Cierre los ojos. Eso es. Así está mejor. Buena chica...
-He rezado sin parar para que viva, doctor.
-¡Claro que vivirá! ¿De qué está usted hablando?
-Los otros no vivieron.
-¿Cómo?
-Ninguno de mis otros hijos ha sobrevivido, doctor.
El médico estaba al lado de la cama, mirando la cara pálida y exhausta de la joven. No la había visto hasta entonces. Ella y su esposo eran nuevos en la ciudad. La dueña de la fonda, que había ido a ayudar en el parto, le había dicho que el marido trabajaba en la aduana, en la frontera, y que habían llegado a la fonda sin avisar, hacía tres meses, con un baúl y una maleta. El marido era un borracho, según la dueña de la fonda; un borrachuzo chulo, arrogante y tiránico, pero la joven era amable y religiosa. Y estaba siempre muy triste. Nunca sonreía. En las pocas semanas que llevaban allí, la dueña de la fonda no la había visto sonreír ni una sola vez. También corría el rumor de que era el tercer matrimonio del marido, que su primera esposa había muerto y que la otra se había divorciado de él por razones bastante deshonrosas. Pero era sólo un rumor.
El médico se inclinó y tiró de la sábana para tapar el pecho de la paciente. -No debe preocuparse por nada -dijo amablemente-. Es un niño absolutamente normal.
-Eso mismo me dijeron de los otros. Pero los perdí a todos, doctor. En los últimos dieciocho meses he perdido a mis tres hijos, así que no puede usted reprocharme que esté preocupada.
-¿Tres?
-Éste es el cuarto... en cuatro años.
El médico movió, incómodo, los pies sobre el suelo desnudo.
-Doctor, no creo que sepa usted lo que supone perderlos a todos, a los tres, lentamente, uno a uno. Aún los estoy viendo. En este momento veo la cara de Gustavo tan claramente como si estuviera aquí, en la cama, a mi lado. Gustavo era un niño precioso, doctor, pero siempre estaba enfermo. Es terrible que siempre estén enfermos y no se pueda hacer nada para ayudarles.
-Sí, lo comprendo.
La mujer abrió los ojos, miró fijamente al médico unos segundos y los volvió a cerrar:
-La niña se llamaba Ida. Murió unos días antes de Navidad, hace sólo cuatro meses. Me gustaría que hubiera visto a Ida, doctor.
-Ahora tiene usted otro hijo.
-Pero Ida era tan guapa...
-Sí -dijo el médico-. Lo sé.
-¿Cómo puede usted saberlo? -exclamó.
-Estoy seguro de que era una niña preciosa, pero éste también lo es.
El doctor se separó de la cama, se dio la vuelta, fue hasta la ventana y se quedó mirando afuera. Era una tarde de abril, lluviosa y gris, y en la acera de enfrente vio los techos rojos de las casas y las enormes gotas de agua que se aplastaban contra las tejas.
-Ida tenía dos años, doctor... Era tan guapa que no podía dejar de mirarla, desde que la vestía por la mañana hasta que la acostaba por la noche. Entonces vivía aterrorizada de que le ocurriese algo a aquella criatura. Gustavo había muerto, y también el pequeño Otto; ella era lo único que me quedaba. A veces me levantaba por la noche, iba de puntillas hasta la cuna y le ponía el oído junto a la boca para comprobar que respiraba.
-Intente descansar -dijo el médico, volviendo a acercarse a la cama-. Por favor, intente descansar.
El rostro de la mujer estaba blanco y exangüe, con un ligero tinte gris azulado en torno a la nariz y la boca. Unos mechones de pelo húmedo le caían sobre la frente y se le pegaban a la piel.
-Cuando murió... Ya estaba embarazada otra vez cuando ocurrió aquello, doctor. Estaba de cuatro meses cuando murió Ida. «¡No lo quiero!», gritaba después del funeral. «¡No quiero tenerlo! ¡Ya he enterrado bastantes hijos!» Y mi marido... se paseaba entre los asistentes con un gran vaso de cerveza en la mano... Se volvió hacia mí y me dijo: «Tengo buenas noticias para ti, Clara, buenas noticias.» ¿Se lo imagina usted, doctor? Acabábamos de enterrar a nuestro tercer hijo y él, tan tranquilo, con un vaso de cerveza en la mano, me dice que tiene buenas noticias. «Hoy me han destinado a Brunau, así que ya puedes hacer el equipaje. Así empezarás desde cero, Clara. Es un sitio nuevo, y tendrás otro médico...»
-No hable usted más, se lo ruego.
-Usted es el médico nuevo, ¿no doctor?
-Sí.
-Y estamos en Brunau.
-Sí.
-Estoy asustada, doctor.
-Intente tranquilizarse.
-¿Qué posibilidades tiene el cuarto?
-Tiene usted que dejar de pensar en esas cosas.
-No lo puedo remediar. Estoy segura de que es algo hereditario, que hace que mis niños se mueran de ese modo. Tiene que ser eso.
-No diga tonterías.
-¿Sabe usted lo que me dijo mi marido cuando nació Otto, doctor? Entró en la habitación, miró la cuna en la que estaba el niño y dijo: «¿Por qué todos mis hijos tienen que ser tan pequeños y débiles?»
-Estoy seguro de que no dijo eso.
-Metió la cabeza en la cuna de Otto, como si estuviese examinando un insecto, y dijo: «Lo único que quiero saber es por qué no pueden ser mejores ejemplares. Es lo único que quiero saber.» Y tres días después Otto había muerto. Le bautizamos rápidamente. Y luego murió Gustavo. Y después Ida. Todos murieron, doctor..., y la casa se quedó vacía de repente.
-No piense ahora en eso.
-¿Éste es igual de pequeño?
-Es un niño normal.
-¿Pero pequeño?
-Un poco, sí, pero a veces los pequeños son mucho más fuertes que los grandes. Imagíneselo, señora Hitler, el año que viene por estas fechas estará casi aprendiendo a andar. ¿No es una idea maravillosa?
La mujer no contestó.
-Y dentro de dos años probablemente hablará por los codos y la volverá loca con su parloteo. ¿Ha decidido ya qué nombre ponerle?
-¿El nombre?
-Claro.
-No sé. No estoy segura. Creo que mi marido dijo que si era niño le pondríamos Adolfo.
-Entonces le llamarán Adolfo.
-Sí. A mi marido le gusta ese nombre porque se parece un poco a Alois. Él se llama Alois.
-Estupendo.
-¡Oh, no!- exclamó, incorporándose bruscamente sobre la almohada-. ¡Es lo mismo que me preguntaron cuando nació Otto! ¡Eso significa que se va a morir! ¿Quieren bautizarlo inmediatamente?
-Vamos, vamos- dijo el médico cogiéndola suavemente por los hombros-. Está usted completamente equivocada. Es que soy un viejo curioso, pero nada más. Me gusta hablar de nombres. Me parece que Adolfo es un nombre muy bonito, uno de mis favoritos. Mire, aquí le tenemos.
La dueña de la fonda, con el niño apretado contra su enorme pecho, atravesó majestuosamente la habitación y llegó hasta la cama.
-¡Aquí tiene a esta hermosura! -exclamó rebosante de alegría-. ¿Quiere usted cogerlo? ¿Se lo pongo a su lado?
-¿Está bien abrigado? -preguntó el médico-. Aquí hace muchísimo frío.
-Claro que está bien abrigado.
El bebé iba apretadamente envuelto en un chal de lana blanca, del que sólo sobresalía la cabecita sonrosada. La dueña de la fonda lo colocó con cuidado en la cama, al lado de la madre.
-Bueno, aquí lo tiene -dijo-. Ahora puede mirarlo todo lo que quiera.
-Creo que le gustará -dijo el médico, sonriendo-. Es un niño muy hermoso.
-¡Tiene unas manos preciosas! -exclamó la dueña de la fonda-. ¡Qué dedos tan largos y delicados!
La madre no se movió. Ni siquiera volvió la cabeza para mirar.
-¡Vamos!-exclamó la dueña de la fonda-.¡No le va a morder!
-Me da miedo mirar. No me atrevo a creer que tengo otro niño y que está bien.
-No sea usted tonta.
Muy despacio, la madre volvió la cabeza y miró la carita increíblemente serena que reposaba en la almohada, a su lado.
-¿Es éste mi niño?
-¡Claro!
-¡Pero..., pero si es muy guapo!
El médico se dio la vuelta, fue hasta la mesa y empezó a guardar sus cosas en el maletín. La madre, tumbada en la cama, miraba al niño, le sonreía, le tocaba y emitía ruiditos de contento.
-¡Hola, Adolfo! -susurraba-. ¡Hola, Adolfito mío...!
-¡Chiss!-dijo la dueña de la fonda-.¡Escuche! Creo que llega su marido.
El médico se dirigió a la puerta, la abrió y miró al pasillo.
-¿Señor Hitler?
-Sí, soy yo.
-Entre usted, por favor.
Un hombre bajo, de uniforme verde oscuro, entró en la habitación sin hacer ruido y miró a su alrededor.
-Le felicito-dijo el médico-. Tiene usted un hijo.
Aquel hombre llevaba bigote y unas patillas enormes, meticulosamente recortadas al estilo del emperador Francisco José, y apestaba a cerveza.
-¿Un hijo?
-Sí.
-¿Cómo está?
-Muy bien. Y su esposa también.
-Estupendo.
El padre se dio la vuelta y, con un andar curiosamente saltarín, se acercó a la cama en la que descansaba su mujer.
-Vamos a ver, Clara -dijo, sonriendo bajo el bigote-. ¿Qué tal ha ido todo?
Se inclinó para mirar al niño y siguió inclinándose con una serie de movimientos sincopados, hasta que su cara quedó a unos cuarenta centímetros de la cabeza de la criatura. La mujer estaba tumbada de lado, apoyada en la almohada, y lo observaba con una mirada suplicante.
-Tiene unos pulmones fantásticos -le hizo saber la dueña de la fonda-. Tendría usted que haberle oído gritar nada más llegar al mundo.
-Pero, por Dios, Clara...
-¿Qué pasa, cariño?
-¡Que éste es aún más pequeño que Otto!
El doctor dio rápidamente unos pasos hacia adelante.
-Este niño no tiene absolutamente nada anormal- dijo.
El marido se enderezó despacio, se separó de la cama y miró al médico. Parecía herido y desconcertado.
-No sirve de nada mentir, doctor -dijo-. Yo sé lo que pasa. Será lo de siempre.
-Haga el favor de escucharme -replicó el médico.
-¿Pero sabe usted lo que ocurrió con los otros, doctor?
-Tiene que olvidarse de los otros. Concédale a éste una oportunidad.
-¡Pero es tan pequeño y tan débil!
-¡Mire usted, señor mío, no es más que un recién nacido!
-Aun así...
-¿Qué es lo que quiere hacer? -gimió la dueña de la fonda-. ¿Cavarle la tumba?
-¡Basta ya!- exclamó el médico con brusquedad.
En aquel momento la madre se echó a llorar. Fuertes sollozos le sacudían el cuerpo. El doctor se acercó al marido y le puso una mano en el hombro.
-Sea bueno con ella, se lo ruego -susurró-. Es muy importante.
Apretó el hombro del marido con más fuerza y lo empujó disimuladamente hacia el borde de la cama. El marido dudaba. El médico apretó aún más, mientras le hacía gestos apremiantes con la mano. Por fin, el marido se agachó de mala gana y besó ligeramente a su mujer en la mejilla.
-Vamos, Clara -dijo-, deja de llorar.
-He rezado tanto para que viva, Alois...
-Ya.
-Durante meses he ido todos los días a la iglesia para pedir de rodillas que éste pueda vivir.
-Sí, Clara, ya lo sé.
-Tres hijos muertos es lo máximo que puedo soportar. ¿No te das cuenta?
-Sí.
-Tiene que vivir, Alois. Tiene que hacerlo. ¡Oh, Dios mío, ten misericordia de él!
-¿Cómo?
-Que tiene usted un hermoso hijo. Lo comprende, ¿verdad? Un hermoso niño. ¿Le ha oído llorar?
-¿Está bien, doctor?
-Claro que sí.
-Déjeme verlo, por favor.
-Lo verá usted en seguida.
-¿Está seguro de que se encuentra bien?
-Completamente seguro.
-¿Sigue llorando?
-Intente descansar. No debe preocuparse por nada.
-¿Por qué ha dejado de llorar, doctor? ¿Qué ha pasado?
-No se excite, por favor. Todo va bien.
-Quiero verle. Déjeme verle, se lo ruego.
-Querida señora -dijo el médico, dándole un golpecito en la mano-. Tiene usted un hermoso niño, fuerte y sano. ¿Es que no me cree?
-¿Qué está haciendo aquella mujer?
-Está poniendo guapo a su niño para que usted lo vea -dijo el doctor-. Sólo lo están lavando un poco. Tiene que darnos unos minutos.
-¿Me jura usted que está bien?
-Se lo juro. Ahora, recuéstese y relájese. Cierre los ojos. Eso es. Así está mejor. Buena chica...
-He rezado sin parar para que viva, doctor.
-¡Claro que vivirá! ¿De qué está usted hablando?
-Los otros no vivieron.
-¿Cómo?
-Ninguno de mis otros hijos ha sobrevivido, doctor.
El médico estaba al lado de la cama, mirando la cara pálida y exhausta de la joven. No la había visto hasta entonces. Ella y su esposo eran nuevos en la ciudad. La dueña de la fonda, que había ido a ayudar en el parto, le había dicho que el marido trabajaba en la aduana, en la frontera, y que habían llegado a la fonda sin avisar, hacía tres meses, con un baúl y una maleta. El marido era un borracho, según la dueña de la fonda; un borrachuzo chulo, arrogante y tiránico, pero la joven era amable y religiosa. Y estaba siempre muy triste. Nunca sonreía. En las pocas semanas que llevaban allí, la dueña de la fonda no la había visto sonreír ni una sola vez. También corría el rumor de que era el tercer matrimonio del marido, que su primera esposa había muerto y que la otra se había divorciado de él por razones bastante deshonrosas. Pero era sólo un rumor.
El médico se inclinó y tiró de la sábana para tapar el pecho de la paciente. -No debe preocuparse por nada -dijo amablemente-. Es un niño absolutamente normal.
-Eso mismo me dijeron de los otros. Pero los perdí a todos, doctor. En los últimos dieciocho meses he perdido a mis tres hijos, así que no puede usted reprocharme que esté preocupada.
-¿Tres?
-Éste es el cuarto... en cuatro años.
El médico movió, incómodo, los pies sobre el suelo desnudo.
-Doctor, no creo que sepa usted lo que supone perderlos a todos, a los tres, lentamente, uno a uno. Aún los estoy viendo. En este momento veo la cara de Gustavo tan claramente como si estuviera aquí, en la cama, a mi lado. Gustavo era un niño precioso, doctor, pero siempre estaba enfermo. Es terrible que siempre estén enfermos y no se pueda hacer nada para ayudarles.
-Sí, lo comprendo.
La mujer abrió los ojos, miró fijamente al médico unos segundos y los volvió a cerrar:
-La niña se llamaba Ida. Murió unos días antes de Navidad, hace sólo cuatro meses. Me gustaría que hubiera visto a Ida, doctor.
-Ahora tiene usted otro hijo.
-Pero Ida era tan guapa...
-Sí -dijo el médico-. Lo sé.
-¿Cómo puede usted saberlo? -exclamó.
-Estoy seguro de que era una niña preciosa, pero éste también lo es.
El doctor se separó de la cama, se dio la vuelta, fue hasta la ventana y se quedó mirando afuera. Era una tarde de abril, lluviosa y gris, y en la acera de enfrente vio los techos rojos de las casas y las enormes gotas de agua que se aplastaban contra las tejas.
-Ida tenía dos años, doctor... Era tan guapa que no podía dejar de mirarla, desde que la vestía por la mañana hasta que la acostaba por la noche. Entonces vivía aterrorizada de que le ocurriese algo a aquella criatura. Gustavo había muerto, y también el pequeño Otto; ella era lo único que me quedaba. A veces me levantaba por la noche, iba de puntillas hasta la cuna y le ponía el oído junto a la boca para comprobar que respiraba.
-Intente descansar -dijo el médico, volviendo a acercarse a la cama-. Por favor, intente descansar.
El rostro de la mujer estaba blanco y exangüe, con un ligero tinte gris azulado en torno a la nariz y la boca. Unos mechones de pelo húmedo le caían sobre la frente y se le pegaban a la piel.
-Cuando murió... Ya estaba embarazada otra vez cuando ocurrió aquello, doctor. Estaba de cuatro meses cuando murió Ida. «¡No lo quiero!», gritaba después del funeral. «¡No quiero tenerlo! ¡Ya he enterrado bastantes hijos!» Y mi marido... se paseaba entre los asistentes con un gran vaso de cerveza en la mano... Se volvió hacia mí y me dijo: «Tengo buenas noticias para ti, Clara, buenas noticias.» ¿Se lo imagina usted, doctor? Acabábamos de enterrar a nuestro tercer hijo y él, tan tranquilo, con un vaso de cerveza en la mano, me dice que tiene buenas noticias. «Hoy me han destinado a Brunau, así que ya puedes hacer el equipaje. Así empezarás desde cero, Clara. Es un sitio nuevo, y tendrás otro médico...»
-No hable usted más, se lo ruego.
-Usted es el médico nuevo, ¿no doctor?
-Sí.
-Y estamos en Brunau.
-Sí.
-Estoy asustada, doctor.
-Intente tranquilizarse.
-¿Qué posibilidades tiene el cuarto?
-Tiene usted que dejar de pensar en esas cosas.
-No lo puedo remediar. Estoy segura de que es algo hereditario, que hace que mis niños se mueran de ese modo. Tiene que ser eso.
-No diga tonterías.
-¿Sabe usted lo que me dijo mi marido cuando nació Otto, doctor? Entró en la habitación, miró la cuna en la que estaba el niño y dijo: «¿Por qué todos mis hijos tienen que ser tan pequeños y débiles?»
-Estoy seguro de que no dijo eso.
-Metió la cabeza en la cuna de Otto, como si estuviese examinando un insecto, y dijo: «Lo único que quiero saber es por qué no pueden ser mejores ejemplares. Es lo único que quiero saber.» Y tres días después Otto había muerto. Le bautizamos rápidamente. Y luego murió Gustavo. Y después Ida. Todos murieron, doctor..., y la casa se quedó vacía de repente.
-No piense ahora en eso.
-¿Éste es igual de pequeño?
-Es un niño normal.
-¿Pero pequeño?
-Un poco, sí, pero a veces los pequeños son mucho más fuertes que los grandes. Imagíneselo, señora Hitler, el año que viene por estas fechas estará casi aprendiendo a andar. ¿No es una idea maravillosa?
La mujer no contestó.
-Y dentro de dos años probablemente hablará por los codos y la volverá loca con su parloteo. ¿Ha decidido ya qué nombre ponerle?
-¿El nombre?
-Claro.
-No sé. No estoy segura. Creo que mi marido dijo que si era niño le pondríamos Adolfo.
-Entonces le llamarán Adolfo.
-Sí. A mi marido le gusta ese nombre porque se parece un poco a Alois. Él se llama Alois.
-Estupendo.
-¡Oh, no!- exclamó, incorporándose bruscamente sobre la almohada-. ¡Es lo mismo que me preguntaron cuando nació Otto! ¡Eso significa que se va a morir! ¿Quieren bautizarlo inmediatamente?
-Vamos, vamos- dijo el médico cogiéndola suavemente por los hombros-. Está usted completamente equivocada. Es que soy un viejo curioso, pero nada más. Me gusta hablar de nombres. Me parece que Adolfo es un nombre muy bonito, uno de mis favoritos. Mire, aquí le tenemos.
La dueña de la fonda, con el niño apretado contra su enorme pecho, atravesó majestuosamente la habitación y llegó hasta la cama.
-¡Aquí tiene a esta hermosura! -exclamó rebosante de alegría-. ¿Quiere usted cogerlo? ¿Se lo pongo a su lado?
-¿Está bien abrigado? -preguntó el médico-. Aquí hace muchísimo frío.
-Claro que está bien abrigado.
El bebé iba apretadamente envuelto en un chal de lana blanca, del que sólo sobresalía la cabecita sonrosada. La dueña de la fonda lo colocó con cuidado en la cama, al lado de la madre.
-Bueno, aquí lo tiene -dijo-. Ahora puede mirarlo todo lo que quiera.
-Creo que le gustará -dijo el médico, sonriendo-. Es un niño muy hermoso.
-¡Tiene unas manos preciosas! -exclamó la dueña de la fonda-. ¡Qué dedos tan largos y delicados!
La madre no se movió. Ni siquiera volvió la cabeza para mirar.
-¡Vamos!-exclamó la dueña de la fonda-.¡No le va a morder!
-Me da miedo mirar. No me atrevo a creer que tengo otro niño y que está bien.
-No sea usted tonta.
Muy despacio, la madre volvió la cabeza y miró la carita increíblemente serena que reposaba en la almohada, a su lado.
-¿Es éste mi niño?
-¡Claro!
-¡Pero..., pero si es muy guapo!
El médico se dio la vuelta, fue hasta la mesa y empezó a guardar sus cosas en el maletín. La madre, tumbada en la cama, miraba al niño, le sonreía, le tocaba y emitía ruiditos de contento.
-¡Hola, Adolfo! -susurraba-. ¡Hola, Adolfito mío...!
-¡Chiss!-dijo la dueña de la fonda-.¡Escuche! Creo que llega su marido.
El médico se dirigió a la puerta, la abrió y miró al pasillo.
-¿Señor Hitler?
-Sí, soy yo.
-Entre usted, por favor.
Un hombre bajo, de uniforme verde oscuro, entró en la habitación sin hacer ruido y miró a su alrededor.
-Le felicito-dijo el médico-. Tiene usted un hijo.
Aquel hombre llevaba bigote y unas patillas enormes, meticulosamente recortadas al estilo del emperador Francisco José, y apestaba a cerveza.
-¿Un hijo?
-Sí.
-¿Cómo está?
-Muy bien. Y su esposa también.
-Estupendo.
El padre se dio la vuelta y, con un andar curiosamente saltarín, se acercó a la cama en la que descansaba su mujer.
-Vamos a ver, Clara -dijo, sonriendo bajo el bigote-. ¿Qué tal ha ido todo?
Se inclinó para mirar al niño y siguió inclinándose con una serie de movimientos sincopados, hasta que su cara quedó a unos cuarenta centímetros de la cabeza de la criatura. La mujer estaba tumbada de lado, apoyada en la almohada, y lo observaba con una mirada suplicante.
-Tiene unos pulmones fantásticos -le hizo saber la dueña de la fonda-. Tendría usted que haberle oído gritar nada más llegar al mundo.
-Pero, por Dios, Clara...
-¿Qué pasa, cariño?
-¡Que éste es aún más pequeño que Otto!
El doctor dio rápidamente unos pasos hacia adelante.
-Este niño no tiene absolutamente nada anormal- dijo.
El marido se enderezó despacio, se separó de la cama y miró al médico. Parecía herido y desconcertado.
-No sirve de nada mentir, doctor -dijo-. Yo sé lo que pasa. Será lo de siempre.
-Haga el favor de escucharme -replicó el médico.
-¿Pero sabe usted lo que ocurrió con los otros, doctor?
-Tiene que olvidarse de los otros. Concédale a éste una oportunidad.
-¡Pero es tan pequeño y tan débil!
-¡Mire usted, señor mío, no es más que un recién nacido!
-Aun así...
-¿Qué es lo que quiere hacer? -gimió la dueña de la fonda-. ¿Cavarle la tumba?
-¡Basta ya!- exclamó el médico con brusquedad.
En aquel momento la madre se echó a llorar. Fuertes sollozos le sacudían el cuerpo. El doctor se acercó al marido y le puso una mano en el hombro.
-Sea bueno con ella, se lo ruego -susurró-. Es muy importante.
Apretó el hombro del marido con más fuerza y lo empujó disimuladamente hacia el borde de la cama. El marido dudaba. El médico apretó aún más, mientras le hacía gestos apremiantes con la mano. Por fin, el marido se agachó de mala gana y besó ligeramente a su mujer en la mejilla.
-Vamos, Clara -dijo-, deja de llorar.
-He rezado tanto para que viva, Alois...
-Ya.
-Durante meses he ido todos los días a la iglesia para pedir de rodillas que éste pueda vivir.
-Sí, Clara, ya lo sé.
-Tres hijos muertos es lo máximo que puedo soportar. ¿No te das cuenta?
-Sí.
-Tiene que vivir, Alois. Tiene que hacerlo. ¡Oh, Dios mío, ten misericordia de él!
El cinismo de los desmemoriados
El nazi apodado “El carnicero” contestaba a sus victimas en el juicio :
”Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes el problema es de ustedes”.
“Soy padre de un hijo de 20 años, secuestrado, torturado, asesinado en 1976”.”Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz”.”Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida”.
El poeta Gelman sí lo recuerda.”Se van los dictadores y llegan los organizadores del olvido”.Entre los guardianes del olvido el poeta aludió a los militares que mantienen un pacto de silencio, a los policias que facilitan la huida o queman archivos y a la jerarquía de la Iglesia católica que custodia archivos que ayudarían a rescatar restos de desaparecidos.Los defensores del olvido olvidan que recordar nos hace humanos.
”Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes el problema es de ustedes”.
“Soy padre de un hijo de 20 años, secuestrado, torturado, asesinado en 1976”.”Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz”.”Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida”.
El poeta Gelman sí lo recuerda.”Se van los dictadores y llegan los organizadores del olvido”.Entre los guardianes del olvido el poeta aludió a los militares que mantienen un pacto de silencio, a los policias que facilitan la huida o queman archivos y a la jerarquía de la Iglesia católica que custodia archivos que ayudarían a rescatar restos de desaparecidos.Los defensores del olvido olvidan que recordar nos hace humanos.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Reflexión espiritual 38.Se estropeó la caldera.
Llamaron al timbre.Tosía. En estado penoso, puse una camiseta curiosa y me miré al espejo con lástima, serían las 10 de la mañana y no había ido a trabajar. Era el técnico, un joven hombre impecablemente vestido de azul marino, con pantalones llenos de bolsos útiles donde colgar herramientas y mirada prudente.
-Buenos días.
-¿Desde cuándo sale agua?-Se avecinaba un interrogatorio.
-Desde ayer, no estoy segura.
-La veo muy mal-No sabía si hablaba de la caldera o de mí misma.
-¿Pero tendrá arreglo?-dije con palpitaciones.
-Veremos.
-El problema está en el tubo, hay que picar para que no entre agua y dejarlo en posición ladeada.
-¿Y eso lo puede hacer usted mismo?
-No señora, yo arreglo la caldera.
Pensé en lo que me costaría que algún acróbata se deslizara por la pared del edificio para colocar un tubo exterior, pero me tranquilizó.
-Lo puede hacer desde dentro, pica la pared , una rebaja lateral y lo coloca , lo refuerza bien y está. Pero fíjese que está oxidada.
-¿Es casi nueva? –dije con mirada suplicante.
-El agua y la electrónica se llevan mal -dijo lapidario.
-Son 150 euros. Le recomiendo que se asegure. Al año son 72 ,07 euros y tiene derecho a la revisión y a la salida y…
Con la neurona que me funcionaba abrí el grifo y disfruté de una ducha caliente, mientras pensaba en los 120 euros que podrían ser 150 si no nos hubiésemos asociado a sabe dios qué, y seguí tosiendo.
-Buenos días.
-¿Desde cuándo sale agua?-Se avecinaba un interrogatorio.
-Desde ayer, no estoy segura.
-La veo muy mal-No sabía si hablaba de la caldera o de mí misma.
-¿Pero tendrá arreglo?-dije con palpitaciones.
-Veremos.
-El problema está en el tubo, hay que picar para que no entre agua y dejarlo en posición ladeada.
-¿Y eso lo puede hacer usted mismo?
-No señora, yo arreglo la caldera.
Pensé en lo que me costaría que algún acróbata se deslizara por la pared del edificio para colocar un tubo exterior, pero me tranquilizó.
-Lo puede hacer desde dentro, pica la pared , una rebaja lateral y lo coloca , lo refuerza bien y está. Pero fíjese que está oxidada.
-¿Es casi nueva? –dije con mirada suplicante.
-El agua y la electrónica se llevan mal -dijo lapidario.
-Son 150 euros. Le recomiendo que se asegure. Al año son 72 ,07 euros y tiene derecho a la revisión y a la salida y…
Con la neurona que me funcionaba abrí el grifo y disfruté de una ducha caliente, mientras pensaba en los 120 euros que podrían ser 150 si no nos hubiésemos asociado a sabe dios qué, y seguí tosiendo.
martes, 25 de noviembre de 2008
Labores Zen 1. Fregar los platos.
Busca un lugar silencioso y solitario, escoge a ser posible que el grifo del fregadero esté justo debajo de una ventana que de al verde campo , si no fuera así visualízalo mientras los cacharros en su posición de descanso se preparan para el baño matutino.
Evita las molestias de la temperatura extrema y si no funciona el calentador concéntrate en el sol y siente su poder .
Evita cualquier prenda de ropa que pueda oprimirte, un mandil sería perfecto. Si te apetece dejarlo todo y tumbarte , no lo hagas , espera el momento mágico en que el fairy se desliza sobre el estropajo manteniendo la fe en lo que haces ,y extiende los brazos con júbilo en ese suave vaivén jabonoso de rasca y rasca . Abre el grifo para disfrutar lentamente del momento culminante del aclarado.
Entonces ,cierra los ojos sin apretar demasiado los párpados y quédate totalmente inmóvil sintiendo el elemento agua entre tus dedos, aleja la tensión de tu vida y visualiza la contemplación de una hermosa puesta de sol desde una verde colina o tumbada sobre la limpia arena de una playa recibiendo la brisa del mar y el murmullo de las olas y acaricia lentamente esa pota quemada que se resiste a ceder . Una vez lapidada por las cálidas burbujas del detergente en comunión con la fuerza del Scott Brite inspira por la nariz lenta y profundamente contando hasta cinco ,mientras el resplandor de los tenedores y las cucharas te ciega los ojos.
Para sentir la plenitud repítelo por lo menos dos veces al día.
Evita las molestias de la temperatura extrema y si no funciona el calentador concéntrate en el sol y siente su poder .
Evita cualquier prenda de ropa que pueda oprimirte, un mandil sería perfecto. Si te apetece dejarlo todo y tumbarte , no lo hagas , espera el momento mágico en que el fairy se desliza sobre el estropajo manteniendo la fe en lo que haces ,y extiende los brazos con júbilo en ese suave vaivén jabonoso de rasca y rasca . Abre el grifo para disfrutar lentamente del momento culminante del aclarado.
Entonces ,cierra los ojos sin apretar demasiado los párpados y quédate totalmente inmóvil sintiendo el elemento agua entre tus dedos, aleja la tensión de tu vida y visualiza la contemplación de una hermosa puesta de sol desde una verde colina o tumbada sobre la limpia arena de una playa recibiendo la brisa del mar y el murmullo de las olas y acaricia lentamente esa pota quemada que se resiste a ceder . Una vez lapidada por las cálidas burbujas del detergente en comunión con la fuerza del Scott Brite inspira por la nariz lenta y profundamente contando hasta cinco ,mientras el resplandor de los tenedores y las cucharas te ciega los ojos.
Para sentir la plenitud repítelo por lo menos dos veces al día.
Juan Goytisolo
“El día en que todo haya sido olvidado y nuestros huesos se pudran lejos tal vez el uno del otro, nuestro amor parecerá todavía indispensable y justo frente al azar y la gratuidad de los otros, fortuitos siempre, eventuales, imprevistos, absurdos, a merced de la suerte, arbitrarios, inútiles, siempre aleatorios”
“Señas de identidad”
“Señas de identidad”
lunes, 24 de noviembre de 2008
Reflexión espiritual 35.Madres culpables.
La culpa es una cosa que se te mete en el alma y no te deja dormir, te puede acompañar de amigo invisible durante toda tu existencia o recordarla con humor de vez en cuando. las pequeñas culpas de guardar el chocolate , llegar tarde ,perder el trabajo, aquella paella que salió rara , engordar 10 kilos con los polvorones, no arreglar la estantería, ni fregar los platos ni limpiar los cristales en un año son pecata minuta.
La culpa en mayúscula aparece cuando tienes hijos . Cuando esos seres maravillosos que alegran tu vida y la llenan de cosas aparecen físicamente con su cabeza tronco extremidades y neuras , ahí empieza de verdad la culpa . Una madre normal con el instinto justo ,puede sentirse culpable del catarro , de una mala coordinación ojos - manos, de que les falte una uña, de la meningitis que casi los mata, culpable de que coman mucho o poco, de que se sientan tristes, de comprar leche sin calcio,de que no consigan sus sueños , de que no vayan con los deberes limpios y lleguen a la hora, de que no estudien y crezcan libres como el agua que corre o de que se queden en casa hasta los cuarenta.
Esta reflexión viene a cuento por la noticia del autobús que está funcionando en Londres para visualizar a los ateos y darse cuenta de lo pacíficos que fueron toda la vida sin creer en Dios. Recordé aquella losa que me regaló esa carne de mi carne una tarde de invierno ,cuando llegó triste del colegio con aquello de :
-¿Por qué me dijiste que el hombre viene del mono? Todos se rieron de mí en clase.
La culpa en mayúscula aparece cuando tienes hijos . Cuando esos seres maravillosos que alegran tu vida y la llenan de cosas aparecen físicamente con su cabeza tronco extremidades y neuras , ahí empieza de verdad la culpa . Una madre normal con el instinto justo ,puede sentirse culpable del catarro , de una mala coordinación ojos - manos, de que les falte una uña, de la meningitis que casi los mata, culpable de que coman mucho o poco, de que se sientan tristes, de comprar leche sin calcio,de que no consigan sus sueños , de que no vayan con los deberes limpios y lleguen a la hora, de que no estudien y crezcan libres como el agua que corre o de que se queden en casa hasta los cuarenta.
Esta reflexión viene a cuento por la noticia del autobús que está funcionando en Londres para visualizar a los ateos y darse cuenta de lo pacíficos que fueron toda la vida sin creer en Dios. Recordé aquella losa que me regaló esa carne de mi carne una tarde de invierno ,cuando llegó triste del colegio con aquello de :
-¿Por qué me dijiste que el hombre viene del mono? Todos se rieron de mí en clase.
sábado, 22 de noviembre de 2008
"Pequeño vals vienés", Federico García Lorca y Leonard Cohen
En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.
Este vals, este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.
Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.
En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".
En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.
"Me lo decía mi abuelito" de José Agustín Goytisolo
Me lo decía mi abuelito,
me lo decía mi papá,
me lo dijeron muchas veces
y lo olvidaba muchas más.
Trabaja niño no te pienses
que sin dinero vivirás.
Junta el esfuerzo y el ahorro
ábrete paso, ya verás,
como la vida te depara
buenos momentos. Te alzarás
sobre los pobres y mezquinos
que no han sabido descollar.
Me lo decía mi abuelito
me lo decía mi papá
me lo dijeron muchas veces
y lo olvidaba muchas más.
La vida es lucha despiadada
nadie te ayuda, así, no más,
y si tú solo no adelantas,
te irán dejando, atrás, atrás.
¡Anda muchacho y dale duro!
La tierra toda, el sol y el mar,
son para aquellos que han sabido
sentarse sobre los demás.
Me lo decía mi abuelito
me lo decía mi papá
me lo dijeron muchas veces
y lo he olvidado siempre más.
. . .
José Agustín Goytisolo (1928-1999)
Paco Ibañez y Gabriel Celaya
LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
"Del rigor en la ciencia", Jorge Luis Borges
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes,
libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658.
Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes,
libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658.
El 20 de noviembre matan a Durruti
"La diferencia que existe entre un militar que manda y un revolucionario que dirige, reside en que el primero se impone por la fuerza, mientras que el segundo no dispone de más autoridad que la que se deriva de su propia conducta"
Dos millones de anarquistas.1936.
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